¿Teníamos cuántos años, veintitrés, veinticuatro? Ambos habíamos sido seleccionados en la primera antología de poetas de los ochenta, la de Miguel D. Mena titulada Reunión de poetas de la crisis y, en el acto de su puesta en circulación en la librería “La Trinitaria”, nos conocimos una tarde calurosa de la que nadie se acuerda hoy, como de tantas otras cosas que justificarían la publicación de un grueso tomo que podría titularse “Historia de las cosas que hemos olvidado los poetas dominicanos de los ochenta”.
Ya en aquellos primeros años, Martha Rivera era la mejor poeta (“poetisa” era el término que yo empleaba en aquella época) de los ochenta, tanto por su manera de escribir como por eso que, para abreviar, podríamos llamar su “estilo de vida”. Conste que no es este un juicio de valor cuya responsabilidad se me pueda imputar de manera directa: de hecho, doy fe de que, de 1984 a 1988, año en que tuve que ausentarme del país, era ella quien reinaba en el parnaso ochentista y era en su casa donde se ganaba o se perdía el derecho a ser considerado “poeta”.
Su primer libro, titulado Twentieth Century (aún sin título en español) la colocó en la ruta de la poesía coloquial de mayor vigencia en aquellos años, esa en la que, desprendida de las zonas más próximas a los últimos estertores de la “beat generation”, aspira a convertirse en el vehículo de la “consciencia de género” que, en Santo Domingo, comienza apenas en aquellos años a vivir su empoderamiento de manera crucial.
Es precisamente por esto último que resulta imposible hablar de la poesía de Martha Rivera sin tener en cuenta las bases discursivas que sustentan no solo su “postura” (Jerôme Meizoz), sino también y sobre todo su posicionamiento ideológico en una época y en una sociedad como la dominicana de los años ochenta. Aquel periodo marcado de manera particular por el desmontaje apresurado de todas las barreras y “cortinas de hierro” que habían predominado durante la “Guerra fría” fue el campo minado donde muchos de los poetas que surgieron entonces creyeron descubrir el sentido de una “modernidad” enteramente construida en oposición al antiguo régimen del “engagement” sartreano. De manera particular, el activismo ideológico de corte feminista fue uno de los pilares de aquella “modernidad” que, en el campo de la literatura, se tradujo en la irrupción de una cantidad de voces femeninas que superaba con creces la nómina de las escritoras de cualquiera de los “movimientos”, “escuelas”, “grupos literarios” y “generaciones” de todos los periodos anteriores de la historia literaria dominicana, eminentemente caracterizados, como se sabe, por la predominancia de voces masculinas.
No hay que ser “foucaultiano” a rajatablas para comprender que el surgimiento de una nueva “formación discursiva” se corresponde siempre con una crisis de sentido en el plano de lo real-político. En el caso dominicano, en los años 80 tuvo lugar una (por lo menos) triple ruptura que catalizó el surgimiento de una formación discursiva femenina-feminista en varios campos socioculturales.
La primera de esas rupturas es la que remarca Miguel D. Mena en el prólogo de su ya citada antología Reunión de poetas de la crisis: la transición hacia la democracia promovida desde el poder político por los gobiernos del PRD luego de los primeros “Doce años” de gobierno balaguerista introdujo en la escena sociopolítica un “paso a desnivel” que cambió de manera radical las modalidades de consumo colectivo de los espacios habituales de la cultura, por lo menos en la capital del país.
La segunda ruptura fue la consecuente reactivación del comercio con la aparición de nuevos polos o ejes destinados a convertirse en los nuevos centros de consumo de una clase media que nacía entonces bajo el signo de la alienación: plazas comerciales, cines múltiples, discotecas, pizzerías y restaurantes de comida rápida comenzaron entonces a proliferar como la verdolaga en medio de un paisaje urbano que no había abandonado aquel estatuto de “aldea” (Moya Pons) que lo había caracterizado durante toda su existencia histórica. El motor principal de esta reactivación del comercio fue el retorno al país, desde mediados de la década de 1970, de numerosas familias que habían emigrado en décadas anteriores, fenómeno que introdujo una serie de modificaciones en la publicidad (la cual reconocía en este sector un nuevo “target”), en la política crediticia del sistema bancario (indispensable para el desarrollo de nuevos proyectos comerciales), en el diseño y construcción de nuevas estructuras sociohabitacionales (proliferación de edificios de apartamentos en viejos sectores habitacionales y planificación del desarrollo “vertical” de otros de creación reciente), etc.
La tercera ruptura fue el resultado inconspicuo de dos procesos relacionados con la educación que tuvieron lugar a partir de los últimos años de la década de 1960: el primero fue el llamado “Movimiento Renovador” de la UASD, el cual dio paso a la transformación de los pensa universitarios, a una ampliación de la oferta de carreras y a ese proceso que condujo a la conversión de la universidad estatal en la universidad de masas que hoy conocemos; el segundo fue la reforma curricular introducida a principios de los años 70 en nuestro país por medio de la cual se pasó, de un modelo curricular memorístico y tradicional en el que se impartían asignaturas como Educación cívica, Urbanidades y Filosofía, a otro de corte conductista y reducido, tanto en sus objetivos como en su funcionamiento empírico, a formar sujetos exclusivamente en los contenidos básicos o esenciales.
Por razones biográficas, Martha se inserta en la nueva formación discursiva resultante de la interacción de (insisto en que por lo menos) esos tres vectores de ruptura, prevalida de una carga de vivencias como las de su niñez transcurrida en los Estados Unidos, donde aprendió el inglés y adquirió las bases de una cultura urbana que luego le serían sumamente útiles en su etapa de adulta joven en la República Dominicana.
Su matriculación en la UASD, en la carrera de Sociología, y su experiencia laboral en la antigua CDE, donde pudo participar en las actividades sindicales del gremio de empleados de esa institución son dos procesos que conviene tener en cuenta a la hora de considerar las bases discursivas de su poesía. En efecto, leer “solamente poesía” y pretender llevar una “vida poética” son elecciones propias de algunos sujetos que ignoran hasta qué punto el poema es el laboratorio donde se funden todos los sentidos de lo social, lo cultural, lo político, lo económico, lo psicológico-afectivo y lo antropológico. Este no fue, de ninguna manera, el caso de Martha, cuyo registro expresivo trasciende las fronteras verbales de la poesía, habiendo abordado con éxito la novela, el ensayo (de ideas y literario) y el relato.
Como casi todos los poetas de su promoción, la fascinación por la obra de reflexión y la poesía de Octavio Paz, así como la adopción de la serie de tópicos y modelos discursivos y existenciales que marcan la obra de Julio Cortázar es uno de los aspectos que afloran a simple vista en sus libros publicados en los años ochenta. Independientemente o no de su adscripción a la estética trascendental de Paz, lo que primero capta el lector atento de su poesía es la actitud de permanente receptividad de Martha ante las distintas manifestaciones de la poesía en la vida cotidiana. Filtrado probablemente a través de sus frecuentes lecturas de Paz, este ideologema de estirpe romántica constituye un lugar común de la poética occidental desde su puesta en vigencia por Breton en el Manifiesto surrealista de 1924.
De hecho, una zona importante de la poética de Martha es deudora de esta “actitud surrealista” ante la vida, aunque matizada por la tremenda influencia que ejerció sobre ella el descubrimiento de quien constituyó su “personaje obsesivo” en los años 80, es decir, la poeta norteamericana Sylvia Plath, cuya obra, principalmente la poética, está marcada por el tono confesional que asumió, y que evidencia su rechazo ante las convenciones del mundo pequeñoburgués, una de las cuales fue su reticencia a publicar los textos que escribía (a pesar de haber compuesto y publicado su primer poema a la edad de 8 años), habiéndole correspondido a su viudo la tarea de publicar póstumamente sus libros luego del suicidio de la poeta en 1963.
No quiero decir de ninguna manera que la poesía de Martha es “de corte surrealista”, pues ni su “estilo” ni los distintos mecanismos de generación de imágenes que emplea son el resultado de una adecuación formal de los clichés propuestos por el surrealismo. No obstante, me parece posible descubrir detrás de esa “puesta en honor del Yo” que caracteriza a la mayoría de sus poemas una actitud ostensiblemente surrealizante que la conduce a invertir el procedimiento característico del racionalismo cartesiano consistente en buscar por todos los medios una correspondencia entre la Razón y lo Real. Un mecanismo de “irracionalización” de lo real se manifiesta así en sus poemas, determinando de manera indefectible su posicionamiento más característico, el cual proclama la hegemonía de la percepción personal sobre los datos de la vida cotidiana.
Desde este punto de vista, casi no sorprende que los actos de habla que predominan en la mayoría de los poemas de Transparencias de mi espejo sean de tipo declarativo. En efecto, de la misma manera que en los poemas de la etapa surrealista de Louis Aragon, en los poemas de Martha, la poesía parece surgir del “poder de enunciación”, como de ese “surtidor de ajenjo” que designa metafóricamente al cuerpo de la poeta en el primer texto de su libro:
El surtidor de ajenjo
para mi abuelo max garrido
por cosas que sólo él comprenderíaCuerpo
ciudad inhabitable desprovista de bordes
noche eterna sin luna
donde sólo fantasmas hacen su recorrido
arrastrando sus sombras
En este poema, la obliteración del Yo constituye una apariencia (una máscara) cuyo efecto parece programado para caducar al final por medio de la siguiente revelación:
cuerpo mío
ciudad inhabitable
condenada a vivir
siempre
su muerte
De hecho, los únicos textos de Transparencias de mi espejo que parecen desviarse de esta predominancia de los actos de habla declarativos son el que se titula “Lluvia” y la secuencia XVIII de la sección titulada “Destellos”, en los que la poeta establece una intencionalidad interrogativa de tipo retórico. Ni siquiera en textos como el titulado “Tú”, donde la intencionalidad declarativa se fusiona con otra de tipo narrativo se abandona el sesgo narcísico que parece fundar el plano de lo poético en la poesía de Martha.
Librada en su forma contingente, la batalla poética entre el Yo y el mundo no puede ganarse sin aliados. Quienes parecen aislarse, alejarse o quedarse rezagados solo consiguen ser eyectados de ese campo de batalla donde lo que está en juego es el capital simbólico, el cual, por antonomasia, es siempre el resultado de una dialéctica particular cuya apuesta principal es el funcionamiento típicamente polemológico de toda actividad cultural: las distintas pugnas entre los grupos que integran el campo literario en un determinado momento son capaces de conducir a los individuos a asumir posturas y valores que van creando fronteras y exclusiones en la misma medida en que se va consolidando cierto capital simbólico que, como las marcas de pertenencia a un determinado sector, no son obra de nadie en particular pero contribuyen a afianzar el prestigio de todos los miembros de dicho sector.
No obstante lo anterior, creo tener razones para pensar que, en nuestro medio, todavía no se ha llegado a aquilatar de manera objetiva el tremendo valor literario de la poesía de Martha Rivera, a pesar de ser una de las pocas poetas de los ochenta que ha recibido lecturas críticas realizadas por representantes de sectores distintos a su grupo de referencia, es decir, de parte de poetas, escritores e intelectuales ajenos al sector hegemónico de lo que se ha dado en llamar la “generación de los 80”. Sabido es que la ausencia de crítica constituye el mejor abono para el terreno donde prospera esa especie de cualquierización de la literatura y de los escritores que caracteriza el periodo contemporáneo. También se sabe que la pérdida de espacios públicos que viene afectando a la crítica literaria no es un fenómeno exclusivamente dominicano, pues resulta relativamente fácil de constatar que lo mismo ha sucedido en la mayoría de los países globalizados en el curso de los últimos veinticinco o treinta años. De todas maneras, creo que conviene recordar aquí que, como decía Roland Barthes en 1966: «Nada es más esencial para una sociedad que la clasificación de sus lenguajes. Cambiar esa clasificación, desplazar la palabra, es hacer una revolución»[1].
***
A pesar de que el argumento historicista no constituye una garantía confiable del valor de un texto salvo para la filología, no es posible descartar de entrada la hipótesis de trabajo que sitúa en el tiempo el funcionamiento de las formas-sentido en una sociedad y en una época determinadas. La historia es, en efecto, el plano donde los discursos se oponen entre sí, y es solamente a partir de esta oposición que resulta viable establecer el sentido de una práctica de escritura.
Basándome en el anterior postulado, considero posible proponer una revisión de la práctica de escritura poética de los 80 desde el punto de vista de la teoría del amor que comienza a gestarse a mediados de esa década, en el entendido de que la idea que un sujeto se hace del amor constituye un revelador de lo que representa para ese mismo sujeto su inserción en el seno de una sociedad, una cultura y una época determinada.
Ignoro si, hasta la fecha, alguien se ha interesado en investigar qué aportaron los poetas de los 80 a la teoría del amor. Semejante investigación, no obstante, presentaría más de un aspecto de interés, por haber coincidido la eclosión de ese grupo de poetas urbanos que posteriormente se dieron a conocer como la “generación de los 80” con la serie de procesos culturales y socioeconómicos que mencionaba más arriba.
En el caso particular de los poemas de Martha Rivera, considero que puede hablarse de una puesta en escena del amor, ya que muchos de sus poemas constituyen verdaderos escenarios fantasmáticos donde el juego con los significantes amatorios y eróticos aparece explorado de manera explícita por primera vez en la escritura femenina dominicana. Es fundamentalmente debido al carácter incipiente de esta práctica de escritura que su historicidad resulta tanto más crucial cuanto que, antes de ella, la poesía femenina dominicana se caracterizaba por su funcionamiento más o menos mimético respecto a la escritura masculina del amor.
Postulo, pues, hasta prueba en contrario, que es en los poemas de Martha Rivera donde resulta posible encontrar por primera vez en la literatura dominicana a un sujeto femenino que asume, en primera persona del singular, un vitalismo sexual abierta y decididamente existencial. Al afirmar que se trata de la primera vez me refiero, claro está, no a la elección de los “temas” de tipo propiamente erótico, sino más bien a un tratamiento verbal de dichos temas que se aparta de aquellos que habían sido empleados por los sujetos femeninos dominicanos hasta mediados de la década de 1980. Desde mi punto de vista, es Martha, en efecto, quien asume con mayor entereza el “lenguaje” (para emplear aquí el mismo término impropio que utiliza Barthes en lugar de la noción de discurso) particular que habían empleado en otros contextos socio-histórico-culturales autoras como la ya mencionada Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik, Erica Jong y Anaïs Nin, para solo citar algunas de las autoras que Martha leía en la época en que escribió Transparencias de mi espejo.
La “puesta en escena del amor” a la que me he referido antes constituye, en los poemas de este libro, la apuesta principal de un sujeto femenino que parece decidido a asumir la escritura poética como si viviera en el interior de aquella “casa de cristal” a la que se refería André Breton en un famoso pasaje de Nadja [2]. Cierto es, sin embargo, que no hay nada más opaco que una escritura que se propone la “transparencia” como programa, sobre todo si se trata de una escritura poética. Pero para entender esto, quizás convenga más citar aquí un ejemplo de este aspecto de la poesía de Martha que quiero destacar:
Instantánea única
Deja
no levantes esa luna por encima
de mi cabeza gris
déjame quejarme que este amor me duele
voy a acomodarme para que me arrastres
con ese aliento tuyo de huracán sin tiempo
no existe nada que no sea este poema
al que los dos le hacemos el amor
déjate permanecer para siempre
en este instante eterno de ser
oscuro y frágil
debajo del ruedo de mi niñez redonda
enciende todas mis lámparas
escribe tus versos alrededor de mi pubis
que tanto humedeces
invoca los muertos enredado a mi lengua
y arrepiéntete mucho de lo poco que somos
después de esta noche en que hemos sido todo.
Alternando un esquema persuasivo- instructivo con otro declarativo, este poema traduce bien el tipo de trabajo de lo erótico que desarrolla Martha Rivera en Transparencias de mi espejo. Así, por un lado, el yo-poético de este texto parece “instruir” a su tú-destinatario-virtual sobre la técnica amatoria a la que espera ser sometida por él; por el otro lado, empero, no vacila en declarar que: « no existe nada que no sea este poema / al que los dos le hacemos el amor». “Narcísico” a doble cara, ese mismo yo-poético no vacilará en declarar que: “Todos los hombres que he amado están aquí”, en el íncipit de otro poema perteneciente al mismo libro, titulado “Mujer No. 2”. También en este caso, ese “aquí” no puede ser otra cosa que el poema.
El ideologema de la escritura “transparente” es de estirpe simbolista. Consiste en concebir el Libro como una extensión de la Vida del autor. Según ese ideologema, el corpus textual quedaría constituido entre los límites abiertos-cerrados por los cuales la vida del Yo-autor fluye en el acto enunciativo del Yo-texto. En esta concepción “eidética” de la escritura, la “Vida” vendría a ser el equivalente de ese “significado” que tiene al “Libro” por “significante”. No es casual, sin embargo, que esta concepción no sepa qué hacer con la lectura, ya que el solipsismo de la consciencia simbolista constituye la única versión de la “vida” a la que aspira representar-simbolizar.
Tampoco es casual que la “transparencia” en cuestión convoque implícitamente el mismo tipo de representaciones que las de los “fantasmas”, tanto de los “convencionales” como de aquellos a los que el psicoanálisis designa bajo este apelativo. En efecto, en el mundo real-concreto se suele concebir al fantasma a partir de su oposición al cuerpo, según el esquema fantasma (más transparente, menos vivo), cuerpo (más opaco, más vivo). En este sentido, la declaración del yo-poético del citado poema titulado “Mujer No. 2” no puede ser más precisa:
Todos los hombres que he amado están aquí […]
todos están aquí
amontonados sobre titú
que ahora descansas
sobre la muerta
que ahora soy.
Esta declaración pertenece doblemente al plano del fantasma. Por una parte, el cuerpo deseado del tú-destinatario-virtual es un cuerpo múltiple y “amontonado”, integrado por el de “todos los hombres que he amado”. Por otra parte, el yo-poético se concibe a sí misma en el ambiguo plano de la muerte, el cual puede corresponder tanto a ese estado post-orgásmico que los franceses llaman la “petite mort” como a una figuración metafórica de la desafección que desune al yo-poético respecto al tú-destinatario-virtual. En cualquiera de los dos casos, la muerte es convocada a funcionar como “garante” de una autopercepción del yo-poético, quien se confiesa de ese modo “fantasmatizado”.
En la perspectiva psicoanalítica, la noción de fantasma ha encontrado múltiples desarrollos desde su elaboración original por Freud. Para Luce Irigaray, por ejemplo: «El fantasma debe entenderse […] como primordial puesta en forma del “sujeto”, resultado de la integración recíproca de su cuerpo y de un discurso particular. Se debe pues distinguir de la pulsión —concepción límite, efecto de conjugación del cuerpo y del lenguaje— y de la proyección de fantasmas específicos bajo la forma de escenas animadas, estadio en que aparece la representación y que, como tal, hay que oponer como espectáculo pasivamente sometido a la estructuración activa que supone la imagen» [3].
Lo que está en juego en esta lógica de la transparencia no es otra cosa que el mismo estatuto teórico del Yo concebido en continuidad o contigüidad con el Tú. Puesto que es el “cuerpo discursivo” del fantasma el que opera la sustitución del Yo real por el yo-poético en el poema, este no puede ser nombrado (o lo que es lo mismo: no puede “nombrarse a sí mismo”) sin afectar implícitamente la virtualidad teórica de su correspondiente tú-destinatario. Dicho en otras palabras: allí donde el poema dice “mi cuerpo”, el cuerpo “transparente” así convocado designa una instancia fantasmática donde pierde efecto el valor del posesivo “mi”, el cual deviene en “tu” sin llegar nunca a convertirse en “nuestro”. De esa manera, el cuerpo nombrado se hace equivalente al cuerpo deseado, y en la circularidad narcísica así propuesta se descubre el valor secreto de la ansiada “transparencia” de una escritura con vocación de espejo.
Una topología imaginaria, laberíntica, es lo que se esboza detrás de esta formulación de dos cuerpos superpuestos en el plano del fantasma. Dicha topología se origina a partir de un doble movimiento simultáneo: el del tú destinatario que no puede encontrar al yo-poético sin perder su propia opacidad (es decir, sin fantasmatizarse) y el del yo-poético que no puede dar por terminada su búsqueda mientras mantenga activa la carga de deseo que la sostiene. De ese modo, la fórmula que resume esta topología sería la que se expresa en la secuencia VIII de la sección titulada “Destellos”: “Tú no me encuentras y yo buscándote”.
***
Martha Rivera ha aquilatado una escritura plural elaborada a partir de una instancia subjetiva que, bien entendida, constituye la verdadera esencia de toda producción artístico-literaria. Llamémosla “vida”, si es preciso nombrarla, a pesar de que o puesto que esta designación resulta tan insuficiente y precaria como cualquier otra. Otras nociones, como “filtro espiritual”, “precipitado existencial”, “mecanismo deseante” podrían designar apenas algunos de los sentidos que engloba el término “vida” más arriba propuesto. “Homogeneidad entre el decir y el vivir”, a pesar de que tal vez resulte un poco pretencioso, traduciría mejor la parte que le toca al dominio estrictamente discursivo.
La suya es una poética del Yo inscrita en eso que los alemanes llaman el “erlebte rede”, o discurso vivido. No precisamente “autobiográfico”, sino más cerca de lo programático que de lo puramente existencial. En Transparencias de mi espejo, este vector discursivo apunta hacia lo metafórico, siguiendo el mismo procedimiento de una falsa etimología de estirpe lacaniana del término “desear” que le escuché una vez a un profesor francés: “desear”: de desiderare, y este, a su vez, de sidere: “estrella”: “buscar en el cielo la estrella que falta”.
Esto así porque, en poesía, como en la vida, lo que se busca es siempre más importante que lo que se encuentra.
Manuel García-Cartagena
14 de noviembre de 2011
[3] «Le fantasme est à entendre […] comme primordiale mise en forme du “sujet”, résultant de l’intégration réciproque de son corps et d’un discours particulier. Il est donc à distinguer de la pulsion —conception limite, effet de conjugaison du corps et du langage— et de la projection de fantasmes spécifiés sous forme de scènes animées, stade où apparaît la représentation et qui, comme tel, est à opposer comme spectacle passivement subi à la structuration active qui suppose l’image» (IRIGARAY, Luce: «Du fantasme et du verbe», in L’Arc, n° 34, enero de 1968, pág. 98). La traducción libre de esta cita que figura más arriba es de mi autoría (MGC).



